Descubrimiento devastador

Posted on juillet 27, 2010

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Jan Van Eyck, Retrato de Giovanni Arnolfini y su esposa, 1434

Marina Abramovic

No se trata de moralidad.

Estoy asustada delante del descubrimiento de un mundo que desconocía y que me desagrada profundamente: hasta hoy nunca había vinculado directamente modo de aparecer y modo de percibir; aunque lo intuía, suponía algo más de complejidad individual y algo más de avance colectivo. Yo misma juzgaba abusivas mis generalizaciones.

Sé que los procesos sociales son lentos, aparecen a menudo mediante una norma superficial y violentamente experimentada al inicio. Progresivamente, por luchas o por difusión, se imponen y se comparten. Pero este sitio es una búrbuja temporal, un sitio donde el cambio no llegó. Y las caras sonríen delante de un desastre que son incapaces de percibir.

Sé perfectamente quienes son las víctimas y quienes son los verdugos. Pero las víctimas no tienen ninguna consciencia de su condición.
Nadie se les contó que existían otras historias.

Llevo años sintiendo y trabajando sobre nuestro destino social a nosotras mujeres. Estaría incluso a punto de cuestionar la validez de una cuestión feminina aislada para pensar nuevos términos de las relaciones de poder en el marco del capitalismo cognitivo.

Pero, la brutalidad de los hechos me remite a una observación sencilla y desoladora: aquí no se ha empezado a quebrantar de la forma más mínima el papel y la apariencia social de la mujer.
Sé perfectamente deconstruir el fenómeno de las relaciones de género que lleva a esas representaciones y papeles, pero nunca asistí tan claramente a su realización. Podría añadir una lectura social y cultural – nivel de estudio, contexto familiar… – que enseñaría sin duda una comunidad de rasgos socio-culturales que haría coincidir fuertemente imagén de la mujer y nivel social. Podría obviamente proponer un análisis sociológico cuyo marco abrazaría de forma más amplia las relaciones de poder y dejaría aparecer que, en esta organización piramidal, el poder está a mano de un gremio de hombres sin duda conservadores y machistas.
Pero, no me esperaba esa realidad. Delante de ella, los modelos teóricos se debilitan no por inadecuación sino por distancia. Mi voz aquí es de mujer compañera de esas mujeres.

Ese día fue devastador, aclarador y desesperante:
Sólo hablo de las víctimas más directas que añaden a su condición de mujer su condición de trabajadora de bajo escalón.

En el marco de su trabajo, las mujeres atienden, se visten de vestidos y faldas, se pintan y se peinan para jugar a la representación que los hombres, sus jefes, han decidido para ellas y regulan de una mirada reprobativa las que de la norma se salen.

Los vestidos y tacones son obstáculos para moverse. No pueden cargar con los trabajos de los hombres. Se les debe ayudar. Mientras tanto ellas esperan hasta emprender su papel de cuidadoras.
¿Quién sabrá sus nombres? ¿Quién sabrá identificar cuales de las cuales son? A lo mejor, uno se acordará de la imágen de la más guapa sin nombre.

En ese día como en los demás, no son capaces de hacer nada que pueda salir del papel que reconocen como suyo. Juntas, el sufrimiento inconsciente de su esclavitud se turna en el cemento de su identidad colectiva. Juntas, no toleran ninguna rebelde. Juntas, se parodian. Ni una iniciativa, ni una queja, ni una rechazo, ni la manifestación de ninguna ansia de libertad. Sólo la representación de su estupidez.

La tristeza me sumerge. No entiendo cómo, cuando una puede, luchando, empoderarse de su cuerpo, del lenguaje, del conocimiento y crear, no entiendo cómo semejantes papeles se mantienen, cómo esas mujeres nutren su impotencia. ¿Qué pueden temer?

En seguida, pienso en las imágenes de milicianas que, sobre consejo de mi jefe – un hombre -, fui a ver. Afloran las lágrimas de rabia y de emoción. Cogieron su destino y el destino de la colectividad entre sus manos. Contemplaron en consciencia hasta la posibildad de morir, y seguramente muchas o algunas murieron, tomaron la decisión y el control de sus cuerpos hasta su muerte.

Foto de milicianas, Gerda Taro

¿Cómo podría ser que esas mujeres se deshagan de su destino y de sus cuerpos enteramente en la mera mirada del hombre?

No me interesa lo trágico de esa situación de guerra. Nunca me interesan las analogías. No constituyen ningún ejemplo válido y en absoluto se trata de indignarse de la situación actual en comparación con la pasada.

Pero me quedo perpleja: a la hora de tener autonomía los cuerpos femininos mendigan todavía las miradas de los hombres conformándose, sin apenas jugar, con sus representaciones.

La presión “farouche” de los entornos sociales además es temible: yo misma, por una razón muy personal, a veces podría ceder a la subasta de los cuerpos mirados. Sede todavía de vida y muerte colectiva, el cuerpo de la mujer es un cuerpo social cuya puesta en representación es extremadamente delicada. Pero la solución no reside tampoco, como mucho tiempo lo creí, en esconder, abandonar o maltratarle, – mi cuerpo/ él de todas -, sino de vivirlo en toda su dignidad, cuerpo de fuerza, de vida, de creación y, por unos siglos todavía, de ira bienvenida y útil. Y no es por él que aparece, sino por el poder de creación que se pone a vivir libre.

Le massadre des innocents, Daniele Da Volterra, 1557

Marina Abramovic

Desde ese día, día cuando me apareció con toda su brutalidad lo que hasta aquí había conseguido evitar considerar seriamente, me obsesiona una pregunta: ahora que sabemos y que la desigualdad, no sólo entre hombres y mujeres, sino entre mujeres, se ha desvelado claramente ¿qué podríamos hacer, desde el entorno profesional, para que tomen consciencia de su situación y que se apropien de sus espacios de vida, cuerpos y espacios?

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