Paseo

Posted on octobre 4, 2010

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Enterrement à Ornans, Gustave Courbet, 1849

Vamos.

Hace años, para una exposición colectiva, a la cual desde mi amateurismo participé, gracias al esfuerzo de una amiga empeñada, exploré rápidamente el tema del paseo y de la literatura, cómo el paseo desarrollaba las palabras, y cómo la literatura cogía el ritmo del paseo, recordando su lejano origen peripatético.

Metodología, el andar es una herramienta de despliegue del pensamiento.

No sólo los autores van, sino también sus personajes: el Apollinaire personaje del Paysan de Paris, Raskolnikov, el Rimbaud de las Illuminations, el Rousseau de las Promenades d’un penseur solitaire, el Marcel de la Recherche, Andrey Petrovich Chartkovel du Portrait de Gogol, Frederic de l’Éducation sentimentale, Ulrich de Un hombre sin atributo, el Bukovski de las poesías, Bloom, Max Estrella, Erika Kohut, Horacio Oliveira y la Maga,… es una lista infinita.

En el paseo de los personajes hay locura, sueño, ira, intento de huir de sí mismo, soledad, casualidad y sobre todo no hay destino.

A menudo, andando yo, pienso en la bonita canción de Leo Ferré “Les poètes” que describe lo que, paseando, ven los poetas. En el paseo de los poetas, aparentemente más tranquilo – aunque Rimbaud -, están las frases que aparecen y les desconectan de lo que les rodea; pero también está su mirada, la mirada justa previa a la del Vidente rimbaldiano, la que ve en el presente y que verá el futuro. Esa mirada, mirada baudelairiana le permite ver lo que le rodea como si fuera desconocido, le permite ver lo casi invisible. Esta bonita mirada, creadora porque olvidadiza, le vincula al mundo.

Esa vinculación es lo que me interesa del paseo. La vinculación representa la sociabilidad (posibilidad de encontrar a alguien), el riesgo (la posibilidad que te pase más cosas), y la conciencia del lugar donde estás (la pertenencia a un grupo de personas mucho más amplio que tus familiares), dimensiones que asocio a la humanidad y al pasado y por lo tanto que deseo cuidar.

No siempre el paseo es así, pero así es este paseo cotidiano:

Salgo, por fin, a la calle, después de horas y horas de encerramiento. Ando, voy por el camino de casi todos los días. Es un camino que me resulta agradable, las avenidas son amplias y poco frecuentadas. Pero avanzo y me acerco progresivamente al centro; hoy he salido más pronto que de costumbre y es hora para muchos trabajadores y estudiantes de salir de sus espacios de confinamiento. Son numerosos. Sigo mi camino, llego al centro, estoy ya cansada, ando desde casi una hora, podría ir más rápido pero es tarde, y tengo tiempo, después de una hora sin embargo, me empieza a doler la espalda – mi bolso es pesado – y sueño con estar en casa. Con este largo paseo, todas las tardes, es 1.30 h. menos para escribir, leer…

Bajo un poco más la calle y…están aquí.

Ralentizo el paso; lo confeso: creo que dudé unos segundos de si iba a pararme – el cansancio es terrible -, pero finalmente, me dirijo hacia la barrera que bordea la gran tienda de discos de la calle contra la cual, como otras personas, me apoyo; me paro y me pongo a escucharles. 2 violines, un bajo y un violonchelo. Respiro.

A menudo están aquí. Pero no noté – y no lo quiero notar – si su presencia es regular. Aunque les conozca ya, su presencia sigue sorprendiéndome. Son músicos profesionales de talento. Su formación cambia, a veces les acompaña una cantante lírica. La mezcla de la belleza y de la generosidad hace aflorar las lágrimas, lágrimas de reconocimiento. Hemos pensado, leído, discutido tantas teorías de la recepción, tantos modelos del compartir la creación, y tantas economías culturales, y luego voy en la calle y: la belleza ofrecida aquí.

El público es numeroso y agradecido. Al final de cada pieza tocada, los oyentes se acercan y no dejan, sin dudar, de dar monedas y de llenar la funda del violonchelo extendida en el suelo que sirve a recoger la retribución popular a su arte.

Mi vecino de “asiento”, un señor bien vestido de 50 años me dice orgulloso: “son músicos de verdad, son músicos de verdad” con su acento argentino. Le contesto que sí, que es un placer y un honor de poder escucharles, que a menudo están aquí y que merece la pena pasar por aquí, con mi acento francés.

Ya han tocado dos piezas. Recargo mi mochilla naranja, me despido de mi vecino y me voy. Sigo mi camino.

Al final de la calle, en la plaza central de la ciudad, se desarrolla un emocionante desfile. Entre las manos carteles con fotos en blanco y negro. Unos tras el otro, andan, andan sin cesar, hacen una larga cola, en marcha, que rodea la plaza. Piden justicia para los asesinados olvidados. Son hijos de. Ya de cierta edad. Los padres hoy hubieran muertos. Los hijos tienen ya 60, 70, 80 años, y andan por la paz de sus memorias. Piden justicia para las victimas, sus padres, del franquismo.

Les veo, les miro un momento. Siento que podría juntarme a ellos. Otra vez las lágrimas. Sin tristeza, pero con emoción. Otra generosidad: la pasión de sus muertos y de la justicia.

Sigo, estoy casi en mi casa.

Aquí llegando, me acuerdo ahora del miedo a estar reconocida, a tener que hablar, que tenía hace años al emprender cada día el mismo camino y, por ello, me esforzaba a perderme en las calles desconocidas para fundirme en su extrañeza. En esta época, estaba enferma. Ahora entiendo que el camino nunca es el mismo.

Por otra parte, me imagino los caminos anónimos, los caminos recorridos de forma inconsciente que no dan nada que vivir a los que no los ven y no rompen el aislamiento.

El paseo, al ritmo de los pies, tiene nuestro ritmo. Conecta y desconecta, integra e independiza. El paseo es una dulce herramienta humana de experiencia y de libertad.

Sin destino.

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